¿Qué cualidad personal fue clave para impulsar este proyecto?
La rebeldía, de alguna forma, fue la clave. Yo crecí con la expectativa de que iba a ser ingeniero, porque tenía buenas notas, porque era inteligente, y mi familia me presionaba para que siguiera ese camino. Pero me rebelé contra eso y dije: 'Yo voy a ser músico.' Fue una locura, porque para las dos familias era algo fuerte, pero al final me terminaron apoyando. Esa rebeldía frente a lo que esperaban de mí fue lo que me permitió elegir mi propio camino.
Y también está la rebeldía en la música. Hacer música de raíz y modificarla, transformarla, es un camino súper difícil. Hay que ser rebelde para saltar esas barreras, para cuestionar lo establecido. Sin esa rebeldía, obviamente, no estaría acá.
Es reloco porque ahora está pasando con Jorge Drexler, que está haciendo algo relativamente parecido desde hace poco, con el candombe y todo. Y es fuerte verlo tener éxito con una idea similar, porque confirma que ese camino que yo elegí también tiene sentido.
¿Qué aprendiste sobre vos mismo, a lo largo de este camino?
Aprendí que soy un ser súper sensible. Encontré muchísimas páginas dentro de lo que soy, facetas. Creo que también es una de las razones principales para meterte a ser artista: conocerte por dentro a profundidad.
¿Qué tipo de decisiones te resultan más difíciles, cuando desarrollás tu proyecto?
Me ha costado mucho ser frontal con la parte económica, con la parte artística… por miedo a lastimar a la persona, eso me ha frenado. A veces por no decir las cosas en el momento me las guardo, y cuando se lo tenés que decir ya no vas a tiempo.
¿Cómo creés que te describirían, quienes trabajan o colaboran con vos?
Me han elogiado mucho… muy ordenado, capaz de empatizar. En todo este tiempo no ha habido ni un disco en el que yo haya aplicado el piloto automático. Soy súper exhaustivo con cada artista con el que trabajo. La gente con la que trabajo termina siendo un amigo.